domingo, 30 de marzo de 2025

La primavera nos cuida

Dos días haciendo la fotosíntesis, tras cuatro semanas de lluvia, sale el sol y la luz, nítida, marca el contorno de cada volumen. La vida sólida y perfilada.

Todo apuntes y, en contraste, sin perfilar nada en el día a día.

Gato y Gata cambian el pelo. Todo son pelusas por la casa, una película del oeste si no fuera por mi toc, aspiradora en ristre. La primavera llega y con ella los cambios y ellos huyen ante lo que debe ser un estruendo en sus gatunas existencias. Cambios que se repiten año tras año, tris tras ni lo ves ni lo verás, aquel juego infantil que es de mis primeros recuerdos, de qué sima de la memoria inventada retornarán. Desde mi ventana en mi nuevo trabajo -todo son ventanas en él, ventanas donde aprender y ni una toxicidad que combatir, por fin, rapaza mía- veo el verdecer de un chopo y cada día espero una especie de pájaro nuevo. Aún no han llegado, pero lo harán, dice Jorge. Con esa esperanza comienzo cada nuevo día laboral. Y no es poco. He vuelto a respirar, mirar, tantear, actuar y no hacer daño. No compensar tus carencias vitales en el otro, no pisar por no alcanzar. Hay una forma de estar en el mundo que no es la válida, hay otras muchas que sí, sólo hay que cuidarlas. Y elegirlas. El cuidado, esa es siempre la respuesta. Pasar por el mundo dejando huella y cada vez más convencida de que debe ser lo contrario, no dejes huella, no pises ni aunque sea con delicadeza. Qué absurdo pensarte alguien.

O allá tú.

El cansancio mental, visual, físico, leer poco o nada. Pero echarlo de menos, eso es lo peor. Soy una lectora compulsiva que ha dejado de leer, o de leer tanto. Y la lectura se ha convertido en un hueco. ¿otro más? A veces da miedo. Otras ni siquiera lo pienso, puro cansancio.

Pero mientras leo -menos, ya lo dijimos- leo bien y perfecto, o eso creo. Habitada de Cristina Sánchez Andrade, desde aquella magia, y asombro, de Bueyes y rosas dormían, que pasó desapercibida para tantos -ays, los grupos editoriales de este país triste y más mercantil que lector- no pierdo comba de sus publicaciones. Irregulares sus libros, como los hechos de cada cual, a ver quién es el guapo que todo perfecto o siquiera el asomo- disfruto con sus minúsculas y desarraigo rural, “ahí va la loca, soñando”. Demonios de dentro y de fuera. Demonios y más demonios, qué sería una vida sin ellos.

En el capítulo de poesía sigo con Basho y no saber si las traducciones son las que son o correctas. Qué más dará, en algunos de sus poemas me paro un buen rato y respiro al pensar, esa es la sensación. Y no cuento sílabas. Los haikús son Jorge o viceversa. A veces un hilo encadena los versos a la vida y ni siquiera se da cuenta.

Y en el mundo todo es violencia. Y da miedo y desconcierto y se para en seco el corazón. Y la mente, un amasijo. No deseo hablar con el mundo. Mucho menos escucharlo.







domingo, 9 de febrero de 2025

Que sea un solitario


 

Existe un pavoneo existencial en el hecho de saberse elegida por aquellos que nunca necesitaron del mundo para estar. Oh, dioses, eso sí que es un pensamiento goloso hacia una misma.

Así, Vida. Y aunque no pierdo la cuenta, no existe un pasado en el que no estés. O en el que no sea una sorpresa que no estuvieras. Este tiempo oriental es el nuestro. (Gracias, señor Mann, por situarnos.)

Y bailemos con la torpeza, pero el acierto, que nos caracteriza: ¿más té?


sábado, 11 de enero de 2025

Salir ilesa y ganando

Hace un tiempo, no mucho, que sin conectar el navegador llego a mi nuevo trabajo. Quién lo diría, aunque en realidad siempre ha sido así, cada salto al vacío que di, o que pareciera -los del primer mundo siempre haciendo un mundo de sus mundos- resultó un acierto o un cambio a la medida del momento. Sin arrepentirme. Todo es un intento de y se me olvida creérmelo.

Comenzamos el año ya por la tarde y en casa -tras la celebración familiar, otra vez, aunque haga apenas unas horas, siempre pocas, muy pocas para Jorge, de Nuevo Año en homenaje y costumbre de la señora Ángela que cumplía años este día, 1 de enero, décadas muerta, pero que más dará si ni el corazón ni el cerebro parecen darse por enterados- dimes y diretes, cangrejos y humus, niños, carreras y risas- escuchando los grandes éxitos de los Bee Gees en Radio3 y tarareando cada uno desde su espacio, la porción de terreno propio que permite la convivencia de un amor sin desgaste, las canciones que bailan. Termino, también, el libro de Lydia Davis, Esa gente que no conocemos de editorial Eterna Cadencia Editora, que solo por el nombre dan ganas de tomar vinos con ellos, los editores, y lo termino con más de una sonrisa de asombro y acierto, boom, ese extraño tándem que me provoca una felicidad inmediata, casi febril, y otro baile, este el de la lectura afilada y exacta a mi emoción de casar el pensamiento. Ese rayo de luz que atraviesa la ventana, pongamos por caso, y acierta exactamente en la oreja de uno de los gatos en el momento justo en el que lo miro.

También vemos películas de los años 50. Quisiera vestir como Doris Day en sus comedias, esos abrigos, sus gorros, todo color y confort. Cada día al levantarme de este año. Me lo propongo y no será, pero podría ser en otra vida que no fuera esta, la mía.

Y al final, todo es casi siempre un malentendido. Lo subrayo en verde en el libro que regalo a I, el final de “De la vida mía”, un collage vital de Miquel Barceló publicado por Galaxia Gutenberg. Su vida y obra, ¿no serán acaso lo mismo? Un malentendido, la vida, a veces cruel, a veces indulgente. Ajustado, casi siempre, porque es su naturaleza. Libro elegido del año, dice I, ya desde Chicago. El frío extremo, abrígate, le advierto. Y lo tengo pendiente, otro libro, que leer y en montón.

Vivir con un señor que cuenta las sílabas de los poemas apoyando los dedos sobre su corazón y martilleando llevando la cuenta en voz alta: dedo, sílaba, latido. Y que muera por la belleza de los endecasílabos, mientras peleamos por la necesidad del verso libre, sí o no. Y cuando contemplo ese gesto en él, todo es caricia en este mundo caótico.

¿Qué más pedir este nuevo año?

Seguir intentándolo. Siempre. Ya lo dije. Pero bien. Sin soberbia, sin creerse del todo nada.

“Claramente, en ciertas situaciones resulta más difícil de aceptar que una se siente insignificante o poco importante. Es más difícil aceptar que una se siente insignificante en comparación con los integrantes de la propia familia que en comparación con el universo y la eternidad.

No es fácil sentirse insignificante y, al mismo tiempo, sentirse poderosa y bien. Hay que recorrer un largo camino y volver al punto de partida. Durante los primeros años de la vida a veces uno se siente insignificante y mal. Después uno aprende a sentirse más importante y bien. Y después uno aprende a sentirse más insignificante de nuevo, pero bien.”

Lydia Davis.