sábado, 29 de agosto de 2026

El verano tiene sus planes

Dejar todo bien atado antes de irse a su viaje aventurero, el riego de las plantas, la tecnología loca -cámaras que miran gatos que miran al individuo, individuo sumergido en su locura controladora S XXI versión 26.8- bajar de los altos las cosas altas y necesarias a las que yo nunca llegaría sin su altura, apañar aquello que requiere fuerza por encima de mi 39%, por obra y gracia, maldita gracia -hay que decirlo, del SAT de todos los santos despistados en aquel momento, 1981- mientras organizaba su equipaje con el método y precisión de los antiguos navegantes experimentados, salvo lo que tenía que ver con su pelo, ese pelo Sansón que sigue creciendo y creciendo, dándole una apariencia de vikingo añoso e interesante - él, tan poco coqueto, se descubre siéndolo a estas alturas de su vida- y aparecen gomas de pelo que se pierden una y otra vez en bolsos o bolsillos, algo debía significar, un tributo a la anarquía, algún objeto con vida propia, ajeno a tu voluntad férrea de una cosa en cada sitio, Darling mío. Mientras, la lectura del verano fue La broma infinita de David Foster Wallace. Tras leer Moby Dick, no puedo decir que esté demasiado impresionada con la Broma, su broma. Por mucho que el autor quisiera poner trampas espacio temporales, tramas endiabladas que no conducen a ningún lado, personajes que no dejan de aparecer y desaparecer y en, general, hacer desistir a un lector poco avezado, se ve que lo soy lo suficiente para continuar con la lectura de un antientretenimiento, o ese fue el punto de partida para el autor, dicen los entendidos. Y resulta que sí, que me entretiene y divierte mucho, pero le falta profundidad de carga a mi entender. Se hizo un silencio cuando mencioné esto mismo en la lectura guiada y desde entonces me miraban de soslayo y con sospecha. La he disfrutado por supuesto, señor Wallace, señor WASP, señor, de nuevo señor y más señor - ¿no os dice nada tanto señor mencionado? -  inteligente y brillante como pocos. Y no dejo a un lado su enfermedad mental que le llevó al suicidio, la misma, creo, que le hace describir una depresión profunda de forma que antes nadie me llevó a imaginar y estremecer. Pero en su premisa de libro juego y conocimiento, a mí me alcanza el juego y el conocimiento, salvo en contadas ocasiones, no me impresiona. En fin, no todas las novelas son para todos los lectores o viceversa. Advierto, no me arrepiento de su lectura e, incluso, la recomiendo a J y quizás a alguno de vosotros que tenga tiempo y ganas. Hasta aquí, no se hable más. En poesía volví a Aurora Luque y su Número finito de veranos, Premio Nacional de Poesía 2022. Si regreso de nuevo es porque merece la pena, porque hacerlo es una sorpresa, porque nunca se agota como los buenos libros de poemas: porque su canción necesita más de un tarareo. Los libros de poemas, los poemas, deben estar vivos, tener la suficiente entidad como para ahondar en ellos encontrándoles las vueltas y los pespuntes que pasaste por alto la última vez, ese matiz necesario que hace comprender mejor lo leído o escuchado, la cosquilla de reconocimiento y sorpresa, ese temblor, por llegar al otro o al poema. Vivir es arrancar a las palabras de sus sillones limpios, cargarlas a la espalda. Canta la poeta. Así sus poemas. Y por contar, cuándo no, hasta ahora llevo un verano tranquilo, mecido, disfrutón.  Resultó sencillo y acariciador, un verano de agua, un paso tras otro, sin mapa, querencia o deseo. De donde veníamos, bastaba, a dónde nos dirigíamos, también. Dia tras día. Me gustó ese transcurrir tranquilo, sin expectativas ni búsqueda, solo un saber estar, o un querer estar ¿Quién los diferenciaría a estas alturas? Olvidamos por unas semanas esa premisa de que la vida debe otorgarte un continuo estreno, un aún puedo a cada paso. No sé si aspiración irreal en los últimos tiempos o sólo un legítimo deseo de seguir siendo los que fuimos. De seguir creyéndonos a nosotros mismos y que esa fuerza ahogara al pertinaz y este sí, real, envejecimiento. Este verano no hubo deseo de estrenos, ningún voy a demostrarme que aún puedo. Acabó por ser un verano murmullo adormecedor y plácido. Libre. 

Quisiera volver a repetirlo.


Imagen de Juliette Bate


domingo, 7 de junio de 2026

Y llegó junio

De nuevo los vencejos, alborotados, insomnes, sobrevuelan las torres donde vivo, serán los mismos, o no, que hace años temblaban al presagiar la muerte, arden las pérdidas leía en Gamoneda, anunciando un verano arrasado. Desde su vuelo, hoy en día, tantos y tantos días transcurridos, monto relatos sobre polaroids desvaídas de los años 70, no era nadie en aquel entonces para vosotros, a lo sumo una molestia, a lo sumo alguien a quién enrabietar, tan sencillo era. Y me doy cuenta de que estos días, precisamente estos días, aparecéis menos en mis sueños, debe ser porque fantaseo despierta con el hecho de hallaros a mi altura, no en vano y en breve tendré 10 años más de los que tendríais vosotros de no haber tenido el capricho y el mal gusto de morir. Y reconozco que mi entonación sería, quizás, engolada, mostrando mi yo de hoy y mi amor propio de señora enseñorada, pero hasta aquí mi propio orgullo, no duraría la vanidad ni 10 segundos, nunca pude mantenerla a flote con vosotros, la impostura, digo. Vuestra respuesta, para colmo: siempre jóvenes, siempre una sonrisa a la altura y esa belleza del que quedó sosegado en un gesto final en la mejor fotografía que enmarcar. Y yo aquí, siguiendo las señales y vosotros, olvidados de vosotros mismos, lotófagos míos, qué ha debido suceder para que no retornéis, ni siquiera un instante, una respiración, una pequeña imposibilidad. El caso es que os busco y ya no os encuentro en ninguno de nosotros. Un retazo fugaz, como mucho en vuestros descendientes, así de demoledor y voraz resultó ser el tiempo. Y ahora vuelvo a cantar, cantaros, en mis trayectos, llevo semanas, a voz en grito y ya sin lágrimas, Sabina, Ana Belén, Aute y Silvio, el disco del y la Morente, Sinatra en bucle, Bach, el Requiem, el que sea, pero Mozart, siempre Mozart, Suzy Cuatro, Crosby Still& Nash, Carole King, Elton John, Elvis Presley, la Piquer, Oh mami blue, si yo tuviera una escoba y el dueto de la flores, el que más juego me da y menos mal que voy sola. Y solo míos, la Leyenda del tiempo de Camarón y Lhasa de Sela y su Llorona y desierto – murió al poco que el último de vosotros, todo era muerte, parecía- Y volver a las películas con J estos días, siempre el cómplice de los duelos y su sana sanita cura de rana, películas tontas o no tanto de los 80-90, y el sofá verde donde no cabíamos todos. A codazos y a regañadientes parece acogernos de nuevo.

Sopeso, con un pie en la vida y otro en el recuerdo y siguen ardiendo las pérdidas, pero vibra el empuje, la necesidad de atender la existencia. Van llegando los  nuevos, tan inocentes y ensimismados en el mundo, bastante tienen.

La vida, esa pequeña zorra demandante, que traiciona y embruja. La adicción a esa paradoja. Pero vosotros siempre ahí ¿contemplándome desde lo inalcanzable?

Y los rescoldos cuando os pienso. Y el dictado de mi voz, como cada año.

Os sigo echando de menos. Tanto a veces.






sábado, 23 de mayo de 2026

Y llegará junio

No hay locura de los animales de este mundo que no quede infinitamente superada por la locura de los hombres. Melville, Moby-Dick

Se acerca junio, ese mes donde todo parece suceder, los réquiems, cumpleaños de muchos y el mío, la llegada de nuestros peces plateados, excursionistas veraniegos con la capacidad de disipar nieblas, a cuestas con la estética y el abrazo, la Feria del Libro como ritual donde extraviar, desalojar lo cotidiano y volver a la glotonería más infantil. Aquella niña siempre frugal, mala comedora, indiferente al dulce, pero adicta al amor de los suyos y al gesto de su atención. El arabesco: de ahí las letras que lamían las heridas y ocultaban el miedo, quizás el temor a no ser querida, nunca lo suficiente.

Desde hace unas noches salimos a buscar una pareja de autillos, canto que escuchamos después de cenar, jugando al despiste. Camuflados en jardines con álamos cincuentones en la colonia donde vivimos, este año han decidido anidar aquí y jugar al tris tras, ni me ves ni me verás. Alguna noche nos darán el alto, sospechosos, merodeadores silenciosos, prismáticos al cuello. Y deseo tanto verlos, no sé si por ganar su juego al despiste o el asombro de encontrarme con una mirada salvaje en este entorno urbano. Desear gritar ante ese latido hecho de plumas que nos rehúye y el milagro de su existencia salvaje, aquí al lado.

Y haber leído Moby Dick, esa gesta – otra gesta es leerla, que también- que yo imaginaba pelín ajena, de nuevo otro señor ganándose el cielo de la literatura, ya sabéis, ese mundo nunca compartido, o eso creímos, para acabar descubriendo la fuerza de la obsesión, la locura, la ternura, la fragilidad y todo un universo en extinción. Quién tiene ancla, durante siglos se habló solo de la de ellos, ahora sabemos, por fin, que fue la de todos. Cómo hacernos perdonar, ser conscientes sin más, de la soberbia, la vanidad, la intemperie, la vida al cabo y sus sombras. A nada le falta ni sobra misterio, los hados nos libren de la ballena blanca, algo parecido cantaban unos versos de Olga Orozco, ¿Quién no lleva en la punta de su arpón una ballena blanca? Quién no desea el consuelo, quién no la batalla, sabiendo que no existe forma de ganarla. Quién no perdió el paso, quién no se enfrentó al tuétano del miedo, quién, si no el inescrutable Ahad, nos demostró la sencillez de como los hechos de un loco pueden arrastrarnos y hacernos olvidar que el poder y la seducción no son reales. Empujan con violencia y hay poco más. Qué de actualidad y no la buscaba.

Nadie podrá devolverme el tiempo, ¿lo desearía de veras?, pero nada podrá quitarme el bálsamo, cada vez más presente, de leer y reconocer el recorrido humano que corresponde al mío y al de todos, fuera de etiquetas de género, de tiempo y singularidad. Cómo obviar el placer de la única certeza que he llegado a alcanzar, como un esplendor, con la naturalidad de quien contempla un escarabajo, la sonrisa de Paulina al mostrarme una hormiga, la belleza del aire cuando despeina a Jorge. Pero también el dolor, la incertidumbre, la arrogancia, el ardor y los fardos de ignorancia. La imposibilidad de respuestas.

Pero la gratitud, cada vez más presente, y un corazón calmado, mirándose de frente.



Imagen de Joel Meyerowitz