sábado, 23 de mayo de 2026

Y llegará junio

No hay locura de los animales de este mundo que no quede infinitamente superada por la locura de los hombres. Melville, Moby-Dick

Se acerca junio, ese mes donde todo parece suceder, los réquiems, mi cumpleaños, la Feria del Libro como ritual donde extraviar, desalojar lo cotidiano y volver a la glotonería más infantil. Aquella niña siempre frugal, mala comedora, indiferente al dulce, pero adicta al amor de los suyos y al gesto de su atención. El arabesco: de ahí las letras que lamían las heridas y ocultaban el miedo, quizás el temor a no ser querido, nunca lo bastante.

Desde hace unas noches salimos a buscar una pareja de autillos, canto que escuchamos después de cenar, jugando al despiste. Camuflados en jardines con álamos cincuentones en la colonia donde vivimos, este año han decidido anidar aquí y jugar al tris tras, ni me ves ni me verás. Alguna noche nos darán el alto, sospechosos, merodeadores silenciosos, prismáticos al cuello. Y deseo tanto verlos, no sé si por ganar su juego al despiste o el asombro de encontrarme con una mirada salvaje en este entorno urbano. Desear gritar ante ese latido hecho de plumas que nos rehúye y el milagro de su existencia, aquí al lado.

Y haber leído Moby Dick, esa gesta – otra gesta es leerla, que también- que yo imaginaba pelín ajena, de nuevo otro señor ganándose el cielo de la literatura, ya sabéis, ese mundo nunca compartido, o eso creímos, para acabar descubriendo la fuerza de la obsesión, la locura, la ternura, la fragilidad y todo un universo en extinción. Quién tiene ancla, durante siglos se habló solo de la de ellos, ahora sabemos, por fin, que fue la de todos. Cómo hacernos perdonar, ser conscientes sin más, de la soberbia, la vanidad, la intemperie, la vida al cabo y sus sombras. A nada le falta ni sobra misterio, los hados nos libren de la ballena blanca, algo parecido cantaban unos versos de Olga Orozco, ¿Quién no lleva en la punta de su arpón una ballena blanca? Quién no desea el consuelo, quién no la batalla, sabiendo que no existe forma de ganarla. Quién no perdió el paso, quién no se enfrentó al tuétano del miedo, quién, si no el inescrutable Ahad, nos demostró la sencillez de como los hechos de un loco pueden arrastrarnos y hacernos olvidar que el poder y la seducción no son reales. Empujan con violencia y hay poco más. Qué de actualidad y no lo buscaba.

Nadie podrá devolverme el tiempo, ¿lo desearía de veras?, pero nada podrá quitarme el bálsamo, cada vez más presente, de leer y reconocer el recorrido humano que corresponde al mío y al de todos, fuera de etiquetas de género, de tiempo y singularidad. Cómo obviar el placer de la única certeza que he llegado a alcanzar, como un esplendor, con la naturalidad de quien contempla una abeja, la sonrisa de Paulina al mostrarme una hormiga, la belleza del aire cuando despeina a Jorge. Pero también el dolor, la incertidumbre, la arrogancia, el ardor y los fardos de ignorancia. La imposibilidad de respuestas.

Pero la gratitud, cada vez más presente, y un corazón calmado, mirándola de frente.




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