viernes, 8 de abril de 2011

Cuentos van

No sé cuantas veces he subido y bajado las escaleras de este centro comercial desde que llevo aquí, unas horas ya. Mientras subo me paro a contemplar las caras de los que bajan y al bajar sólo miro al suelo, me da miedo tropezar con el final de la cinta. Todas las expresiones parecen la misma, caras de impaciencia y tensas, es extraño ver alguna sonrisa, como mucho una mirada perdida. Me siento bien entre gentes que simulan tener un rumbo y aún así no están satisfechas. Mis manos resbalan con suavidad por el pasamano, el contacto con la goma debe ser lo que me tranquiliza, la estabilidad del caucho como aquella vez que, al poco de conocerle, se nos atascó el coche en un barrizal yendo de camino a la finca de sus padres. Acabamos tumbados entre las ruedas, intentando sacar el coche, sin fuerzas ya a causa de la risa, mis manos tocando los neumáticos al mismo tiempo que su lengua recorría mi cuello.


Pero ahora tengo que elegir un vestido para la fiesta de mañana y no soy capaz de bajar, decidirme a entrar en alguna tienda. Él dijo que debía ser algo informal, sin excesos pero esta vez no quiero llevar escote aunque que se empeñe. No me gustan mis tetas, nunca me han gustado, y mucho menos resaltadas, pero a él sí, me mira con ojos glotones cuando las ve y casi me da algo de miedo, no por la mirada, sino porque las ve a todas horas y no entiendo la diferencia. Nunca entiendo las diferencias, eso es cierto, pero tampoco lo digo. Hay muchas cosas que no digo y debería pero ya no se cómo, las palabras se tragan y luego no es tan fácil vomitarlas, así, sin más, y no evitar el ardor que provocan. Seguro que algún día llegaré a ser la mujer bonzo, en cualquier probador de cualquier tienda, buscando la ropa apropiada para sus gustos, arderán espontáneamente mis palabras. Y yo con ellas. Ojalá que para entonces él se encuentre conmigo y se calcine primero.


Fotografía de Parkeharrison




16 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Del barrizal al infierno en unos cuantos años.

Besos.

Curiyú dijo...

Me gusta, sobre todo, esa asociación a al suceso del pasado, el caucho y todo eso.

Rayuela dijo...

las palabras y las mariposas...si las tragamos, llegará el momento en que las vomitemos.


gran relato.
mil besos*

emmagunst dijo...

Cuando paso por un centro comercial, aparento velocidad, decisión y la verdad es que lo único que quiero es salir rápido de allí...

Si tenés interlocutor yo te pido que hables, que vomites, que escupas, que largues todo!
(yo no tengo a quién decirle NADA y las palabras me queman por dentro)

Carmela dijo...

En antes y el después.
Las palabras no pueden encerrarse, están hechas para volar, y si las retenemos se convierten en grillos.
Besos Marga

Licantropunk dijo...

Una mezcla grandiosa entre "Horror en el hipermercado" de Alaska y los Pegaimodes y "Lost in the supermarket" de The Clash: puestos a poner referencias que sean las mejores.
Saludos.

Antígona dijo...

Siempre sensual la voz de Sade, como las palabras de tu texto.

Justamente hoy vi unos obreros que regaban una rotonda recién hecha, ¡con agua azul! ¿O será que ya estaba demasiado cansada y hambrienta después del curro y la vista me traicionó?

Increíble la foto, Carmela, no hay nada que me refresque más que el azul.

Las ausencias que pesan suelen hacer rebrotar el recuerdo de lo más carnal, de lo más palpable, de lo más tangible. Supongo que porque es en esa poderosa presencia de la carne y la materia donde más las acusamos, donde en la noche más nos duelen.

Un beso!

MAGNOLIO dijo...

"Hay muchas cosas que no digo y debería pero ya no se cómo, las palabras se tragan y luego no es tan fácil vomitarlas, así, sin más, y no evitar el ardor que provocan".

Te quería comentar algo, pero me he quedado clavada en esas palabras de arriba. Digo clavada, pero podía decir atragantada, atascada, ensimismada, atontada...

Yo creo que leo (etcétera) para encontrar palabras así. Cuando ocurre, se me pone la sonrisa, la cara, toda entera me pongo agustitamente boba.

Marga dijo...

Toro, ays de los infiernos cotidianos... jeje. Besote!

Cariyú, es que el caucho es una materia muy noble, si no lo hubieran explotado tanto... jajaja. Un beso te va.

Rayuela, eso! las palabras, como las mariposas, se pueden atragantar si intentas digerirlas a deshoras...
Me alegro de que te guste, encanto.
Abrazo.

Emmagunts, no hay nada más desolador que un centro comercial, me deprimen como pocas cosas... el espacio adecuado a unos tiempos vacíos (ays, que me pongo estupenda, jaja).
Y sí, no te preocupes, mi virtud y mi defecto es no dejarme nada dentro, soy demasiado bruta y visceral... aunque la edad me ha enseñado a modular un poquito, menos mal, eso sí, jajaja.
Besos.

Carmela, eso, nada de grillos!!! una ya tiene bastante con el puñetero pepito grillo, a que sí?
Un beso.

Marga dijo...

Licantropunk, jajajaja, eso sí que son referencias. Ays, Mari Pili, dónde estará...
Un saludo que te va.

Antígona, que te me has liado... jajajaja. Cuida esas prisas, ya sabes lo que decían los bereberes: "las prisas matan", jeje.
(Aunque tranquila, yo ando es un barco parecido y a veces les digo a los bereberes que sí, que ya me gustaría verlos en mi pellejo).
Besote liado!

Magnolio, imagino esa cara agustitamente boba y me encantaría verla en estos momentos... jajaja. Pero sí, te entiendo...
Un beso a tus ramas!

Tomás Serrano dijo...

Pero bueno, el pobre hombre ese... ¿Qué ha hecho para desear que se calcine? Con lo bien que empezó dándole a la lengua en el barrizal...

Colombine dijo...

no me gustan los centros comerciales ni el barro

sí me gustan los escotes y las palabras capaces de provocar un incendio.

Marga dijo...

Tomás, ya ves, a veces los hombres necesitan poca cosa para provocar respuestas así... jajaja. Pero si lo pienso bien tienes razón, pobre...

Colombine, pues el barro tiene su puntito, no creas, jajajaja. Y a mí también me gustan los escotes, ser mujer y hetero no me hace ciega, y las palabras... esas como sean me gustan! jeje

Antígona dijo...

¡Joder! Ahora veo dónde fue a parar el comentario que quería dejarle a Carmela y que pensé que se había tragado blogger. ¿¿¿Pero cómo ha ido a parar aquí??? Dios, blogger cada día está más loco y me sorprende más. O a ver si la loca soy yo y ya ni me acuerdo de haber pasado por aquí y de haber podido hacer involuntariamente el cambiazo. Ayss, demasiadas prisas, sí, o demasiado aturullamiento con tantas cosas en la cabeza.

Tu cuento también duele y arde en el estómago como esas palabras que se vomitan a destiempo, ya demasiado agrias dentro de nosotros después de haberlas tragado y dejado macerar en lugar de echarlas para fuera. ¿Por qué no será todo tan fácil como en la foto, dejar brotar las palabras cuando nos bullen por dentro como si fueran un enjambre de mariposas que nos hacen cosquillas en la lengua? Serían así infinitamente menos dañinas que tragadas y después vomitadas.

Me encanta el modo en que la sensación de soledad en el centro comercial que se expresa en el primer párrafo se proyecta sobre lo contado en el segundo sin necesidad de que en ningún momento se aluda a ella. Supongo que imagino que la protagonista de tu cuento se duele de una soledad de la que, sin embargo, no es consciente. La soledad que se interpone entre dos personas cuando las discrepancias las separan y se alzan como un muro entre ambos que no se atreven a afrontar.

Yo también me siento totalmente perdida en los centros comerciales. Basta media hora en ellos cuando no tengo más remedio que pisarlos en busca de algo que necesito para que me invada un malestar que me lleva a mirar con ojos hostiles cada objeto que encuentro. Mi mejor medicina en ese momento: meterme en una librería. ¡No tengo arreglo! :)

Un besazo en recolocación! ;)

Lily dijo...

Precioso :)

Marga dijo...

Antígona, blogger te la tiene jurada, eim? jajaja. Y tranquila, si la loca eres tú ya somos dos, o más, jeje.

Y sí, la soledad y las palabras tragadas... cuántas no harán una mala digestión? a veces la erosión de una relación no es más que eso: palabras sin digerir...

En cuanto a los centros comerciales... qué me vas a contar!! aunque ahora también la calle se ha convertido en un espacio claustrofóbico y comercial... no hay más que ver la Gran Vía! Pero eso, siempre queda la Casa del Libro cuando entra el agobio, no? jeje.
Un beso desordenado!

Lily, gracias.