lunes, 21 de julio de 2014

La banda sonora de este verano

Con ustedes: Trombone Shorty. 

En estos carrillos se acumula todo el swing que le hace falta al mundo.





Si lo escucháis y ninguna parte de vuestro cuerpo se mueve, lo lamento: sin duda estáis muertos. 


miércoles, 9 de julio de 2014

A decir verdad no sabemos callar

Y así estamos, con ganas de que lleguen el mar y las sendas, que las botas acaben pesando por el barro o el cansancio, que los cangrejos sean los únicos seres dignos de atención, que el color verde y el azul el mismo y en perspectiva. Los chubasqueros terminando de escurrir sobre las puertas.

O que las hojas Excel se desbaraten, abandonándose a la lujuria de ser imprecisas  y a la más secreta indolencia de la canallesca en sus celdas.  El desenfreno de los números y el sistema decimal por los suelos, haciendo resonar sus chanclas por el pasillo.

O desocupada la mente y la piel. Tomar posesión de esta galbana estival con todas las de la ley y dejar aquí, encerrado y hasta el regreso, el pelo blanco y tirante de la cobaya que soy.  Que somos.

O dejar de hacer cosas para sentir que haces algo cuando no se hace nada salvo hacer cosas. Que no van a ningún lado pero pareciera y todo porque hacer cosas es lo que prima, enloquece, atrae, maravilla, conquista, hipnotiza, deslumbra.  Y lo cierto es que  sólo aturulla.

O de cómo el homo actual atocinado.

O en un par de meses nos veremos. De momento la sintaxis y la semántica se van con viento fresco, aireando sus quehaceres por un tiempo. Las noto cansadas y con poco que decir que no sea pa'dentro y en cuadernos con cubiertas de cartón. La nostalgia de lo analógico y el punto 0. Que digo yo.

Suspendemos esta hoja en blanco mientras perdure el verano.

O hasta la vuelta. 






Disfrutad del verano y las terrazas al sol.



martes, 1 de julio de 2014

De cuando Junio y los nunca


In memoriam

(Para Mundi y Susi. Perplejo mi amor sólo de ida.)


De niños comíamos todo lo que se nos ponía por delante, mis hermanos y yo. Mundi comía la cal de las paredes tras desmenuzarla con las uñas, Susi robaba la leche condensada que mi madre guardaba para el pequeño y yo tenía la costumbre de escarbar entre las macetas, saboreando  la tierra mojada. A todos nos traicionaba el cerco alrededor de nuestras bocas, se nos podía ver jugar de un lado a otro, corretear con el delator siempre a cuestas. Las veces que mi madre se cruzaba con nosotros se limitaba a limpiarnos con el delantal, preguntándose si el hambre de nuestros mayores no estaría encerrada en aquella casa, contagiosa como todas las miserias. No va a ser cuestión de matar al mensajero, murmuraba, mientras nos restregaba con su saliva, sin regañarnos.

Un mes de febrero nos mudamos a un piso. En él la luz entraba sin ganas y la tierra de los geranios sabía a rancio. Mis hermanos se creyeron mayores y ayudaban a mi padre a colgar estanterías o montar muebles. Creo que olvidaron los sabores.



Poco después comencé a pelear con todos y a comerme las uñas a escondidas, pero nuestros muertos nunca regresaron a esta casa pequeña y sin hambre. Juraría que ya nadie parece tener fe en la existencia de la pobreza. Ni siquiera ellos.