Existen algunos rincones en mi ciudad donde me gusta perderme. Quiero pensar que al perderme llevo a cabo un acto donde me escondo de casi todos, en el que uno se comporta un poco como si ocultara a hurtadillas pelusas bajo las alfombras o los restos de algún vaso roto antes de ser reprendido por su rotura. Los sábados por la mañana son un poco así, algunos domingos de sol y por supuesto, cuando mejor saben, esos días tan escasos arañados a la vida laboral.

Si la propuesta del día es visitar exposiciones, me gusta caminar Recoletos arriba y entrar en la Fundación Mapfre. Otra sala que nunca me decepciona es la Juan March, aunque sea imprescindible coger el metro y se pierda el placer del paseo. Las dos son gratuitas y la mayor parte de las veces con escaso público, salvo que se trate de obras impresionistas (¡cómo disfruta la gente del impresionismo!) o exposiciones nombradas en cualquier suplemento cultural del fin de semana. En estos casos lo mejor es cambiar de planes, es complicado contemplar aquello que deseamos si a su vez intentan hacerlo contigo otras cinco o seis personas, de cháchara continua y apresurándote con educación. Lo reconozco, soy egoísta visual y no puedo hacer nada contra ello. Me acepto tal y como soy en este caso y prefiero dar media vuelta a ver sin disfrutar viendo.

Vamos a la exposición de Lewis Hine antes de que se publique en alguna guía del viernes, así que paseamos tranquilamente entre sus fotografías. Seguro que conoceréis alguna de sus imágenes, trabajadores sobre el Empire State, pero Hine realizó muchas más. Es uno de esos tipos que consiguen hacerme pensar que los seres humanos tienen una cara amable y necesaria para la existencia del resto. No sé si imprescindibles porque siempre dudé de que alguien lo fuera, pero sí, me reconcilian con mi especie y eso es muy de agradecer estos días, cuando tiendo más bien a lo contrario. Su mirada eligió posarse sobre los más desfavorecidos de la América de principios del S.XX y con una sencilla cámara de fuelle se pasaba los días retratando a los emigrantes recién llegados al paraíso, en la Isla de Ellis, donde ese paraíso afilaba sus uñas, nada de manicuras delicadas y sí excesiva miseria. Más adelante pasó a formar parte de varias asociaciones progresistas que luchaban por mejorar las condiciones laborales y sociales. De esta forma documentó el trabajo infantil y las duras condiciones que los niños soportaban. Años después visitó los campos de Europa tras la Primera Guerra Mundial e hizo llegar las imágenes que mostraban las consecuencias de una guerra.
Su fotografía es pues documental y su pretensión era la toma de conciencia de unos hechos que si no se ven no es porque no existan y bastaría con mostrarlos. Bendita ingenuidad, ahora tenemos exceso de muestras pero nadie se detiene en el recuento de fallos. No dudo de que la historia se repita pero lo suele hacer con alguna vuelta de tuerca más. Anclados a la perversidad, de creer en algún sino -que no- sería este el único real.
A finales de los 30 su trabajo dejó de parecer interesante y en los últimos años tuvo que sobrevivir gracias a la beneficencia. No dudo que en los años anteriores a la II Guerra se trataría de un personaje difícil y todo tiene su precio. Los aguafiestas resultan incómodos.

Y descubro que Walker Evans, uno de mis fotógrafos preferidos, debe mucho a su trabajo. Y a pesar de que Evans trabajara un poco después, ambos fueron acusados de lo mismo: de imprimir cierta sentimentalidad a sus retratos, de tomar partido por lo fotografiado y saltarse la distancia del artista. De ejercer propaganda y “empeorar” el ambiente de sus retratados. Y es que debe ser que la representación de la pobreza ha de ser más aséptica, la miseria ya mancha por sí misma y da repelús. Será por eso, digo yo.
Lo que expreso incesantemente desprende una pureza, un rigor, una simplicidad, una inmediatez, una claridad, que se obtiene por la ausencia de pretensión al arte. En una conciencia aguda del mundo.
Lewis Hine.