sábado, 22 de septiembre de 2018

De arritmias y días

Pues si, lo confieso, me está costando coger el ritmo. Buscar un hueco para escribir o una rendija para mirar y luego contároslo. Ni siquiera ese contároslo tiene mayor sentido, sé que descastada y ocupada no visito a nadie y por tanto pocos podrán visitarme. Siempre me gustó la reciprocidad de los blogs, me parecía más natural que la de otras redes sociales si de naturalidad pudiéramos hablar al tratar de ellas que no estoy muy segura, de esas redes sociales tan presentes en todos y todo que terminaron por hastiarme hasta el extremo de abandonarlas convirtiéndome en el bicho bola (o cochinilla de humedad pero suena tan mal...) que siempre quise ser. Misantropías al poder. Pero desmelenada la escritura y sus ganas poco puedo hacer salvo escribir cuando buenamente puedo o me dejan, haciéndolo desde la soledad, virtual o no.

Una lesión de muñeca, la derecha para colmo, impide hacer muchas cosas, casi todas las habituales y prácticas de una vida diaria. Me relamo ante la perspectiva de un tiempo propio, realmente propio: pasear, leer, ver. Y así llevo dos semanas, nunca una mano fue tan bien cuidada -no me dejan ni mover una hoja- ni una mente tan lujuriosamente alimentada. Decido acompañarme bien para esta tarea y elijo El Diario de un artista en 1956 de Gil de Biedma y algunos de sus poemas y prosas en la edición cuidada y escogida de Galaxia Gutenberg, o con la trilogía de Berlín de Jason Lutes que enlazo en versión comic al terminar La fractura: vida y cultura en Occidente 1918-1935 del historiador alemán Philipp Blom del que recuerdo el trajín arriba-trajín abajo de este verano, sin perder hilo de conclusiones y hechos de un tiempo que cada vez me recuerda más a nuestro momento (salvemos, por favor, una enorme distancia pero imposible no encontrar analogías ante la estupidez colectiva en la que tanto nos gusta sumergirnos de allá para cuando). Y a ratos descanso la postura cuando J me coge de la mano, la izquierda, arrastrándome a algún cine donde hemos disfrutado de los últimos descubrimientos del cine español -aunque uno de ellos fuera dirigida por un director iraní al que ya estábamos rendidos desde su obra El Pasado, pero basta que la producción o sus protagonistas sirvan para borrarle su nacionalidad. Todos lo saben que os recomiendo -si hubiera a quién, claro- por lo sentadita que me mantuvo sin despegar la espalda ni el pensamiento de la película. O esa otra protagonizada y dirigida por treintañeros, Las distancias, pero que tan exacto supo poner delante el espejo de las amistades y sus meandros a esta cincuentona y su cuarentón acompañante. La amargura que a veces instala el tiempo jugando a las lejanías del amor o de la necesidad en las relaciones de amistad. Y no hay edad para ello una vez que nos hacemos adultos. O eso me parece.



Demasiado sobre la muerte
sobre las sombras.
Escribe sobre la vida,
sobre un día normal,
sobre el deseo de orden.

Zagajewski Adams, de su poema Carta de un lector.



jueves, 30 de agosto de 2018

De Eros y Tanatos

Doy casi por finalizado el verano. Pienso con vértigo -no, no es vértigo, es más bien la sensación física de un descenso brusco y repentino del ánimo- en la perspectiva de volver al trabajo en apenas unos días. Y no creo que se trate del trabajo en sí, debe ser la rutina o la falta de decisión sobre mis actos que implicará la vuelta a un horario laboral. De nuevo.

Extraño verano éste, marcado por la muerte del padre de J. y la consiguiente tristeza. También el caos, el trajín de viajes inconclusos, aeropuertos  descabalados por supuestas amenazas terroristas - hace tiempo que ganaron la partida. Desde el momento en que cualquier error puede convertirse en pánico a las consecuencias y todos desconcertados sin saber qué o quién o porqué- de decisiones desacertadas al ser dictadas más por la impaciencia y la necesidad de no creer en la inevitabilidad de lo que sucedía en la habitación de una UCI que por el sentido común. O el poder de las emociones.

En fin, sí, vuelvo a escribir. Retorno a este rincón de sosiego tras un paréntesis en el que todo tuvo que cambiar para que nada lo hiciera (ya nos advirtió Lampedusa. Lo sé. Lo sabéis).

 O ese volver a nuestros vicios de adictos sin redención, volver a la escritura, a la obligación impuesta de un número de palabras aceptada por consenso con nosotros mismos - conmigo misma. 

Y no sé con qué asiduidad. Aunque todo parezca igual mi tiempo libre ha disminuido en desproporción a mis años, como no cabría esperar.
Pero sigo -seguimos- habitando un mundo loco que no camina al compás de la lógica de una narración de los esperado. sino más bien al tuntún de una naturaleza, la suya, caótica y desordenada.

Bienvenida a tu rincón a éste lado del cuadrilátero. El único de los conocidos donde sentir que nadie que no sea tú misma puede ponerte contra las cuerdas.

Aquí estoy. 



"Pero aquí surge la verdad que más limita la vida: siempre es ahora, siempre es aquí, nunca es entonces y allí." Ian McEwan. Cáscara de nuez.

miércoles, 20 de julio de 2016

Mientras

Os abandonaré durante un tiempo más, no sé cuánto porque últimamente todo parece ir buscando su acomodo pero no sé si soy -o seré-  capaz de encontrar el mío.

A veces no hay manera y lo único que podemos permitirnos es masticar entre dientes un no hay manera. O un no saber si hacerme caso cuando tomo una decisión que parece la más imprudente y  que pone a mis pies el vértigo. 

O sí.

Ayer la más pequeña de la familia -Vega, poco más de un año- descubrió su sombra y se llevó un susto morrocotudo. Yo estaba allí y aún me sonrío al recordarlo pero pienso que no deja de ser cruel la diversión que causa en los adultos ese espanto.  O la ternura que nos inspira… ¿qué es peor? Me pregunto también desde ayer. E imagino a los dioses contemplándome con el mismo sentimiento de conmiseración y jolgorio y ya no me produce tanta gracia.





Hasta algún día y sé que sabréis perdonarme la ausencia. Por otro lado tampoco os queda otra, ya.