miércoles, 20 de julio de 2016

Mientras

Os abandonaré durante un tiempo más, no sé cuánto porque últimamente todo parece ir buscando su acomodo pero no sé si soy -o seré-  capaz de encontrar el mío.

A veces no hay manera y lo único que podemos permitirnos es masticar entre dientes un no hay manera. O un no saber si hacerme caso cuando tomo una decisión que parece la más imprudente y  que pone a mis pies el vértigo. 

O sí.

Ayer la más pequeña de la familia -Vega, poco más de un año- descubrió su sombra y se llevó un susto morrocotudo. Yo estaba allí y aún me sonrío al recordarlo pero pienso que no deja de ser cruel la diversión que causa en los adultos ese espanto.  O la ternura que nos inspira… ¿qué es peor? Me pregunto también desde ayer. E imagino a los dioses contemplándome con el mismo sentimiento de conmiseración y jolgorio y ya no me produce tanta gracia.





Hasta algún día y sé que sabréis perdonarme la ausencia. Por otro lado tampoco os queda otra, ya.





miércoles, 1 de junio de 2016

Solo es querer

Como es nuestra costumbre hubo un día de jugar a las escondidas. Hubo un día en el que el pacto era nadie a un lado y al otro los dos. Y al llegar la noche habíamos adquirido tanta práctica y era tanto el regocijo que ni contestábamos las llamadas y los móviles parecían peces dentro de una red, boqueando sobre la mesa. Y era fácil ignorarlos.




Luego contemplamos el botín del día y desmemoriados de lenguaje, entre signos y balbuceos propios, corrimos a acostarnos por no seguir existiendo para los otros.

(Si tengo tiempo os iré contando en qué quedó el botín; me da que más de uno merecerá la pena o eso espero).

martes, 17 de mayo de 2016

Si los días fueran rocas

Pero no lo son, todo lo más arenilla que a veces pisas y resbalas, jugando, y otras rechinas sin querer, como quien levanta nervios y juega a la comba con el vello.

No me pongo estupenda, sigo estirando la piel -más incluso que el tiempo- por ver si llegara. Y no me quejo, de verdad que no lo hago, o no del todo. Qué más dará, J dixit, si el Sol engullirá la Tierra y todas nuestras tribulaciones no habrán servido de nada y entonces... etcétera de los etcéteras.

Tengo que reírme. Si no, moriría, dice K. Mansfield. Y como sé que mis dolencias son las suyas o parecidas, seguro, pues también río, y lo hago con ganas y de veras porque sigo sin conocer mejor remedio que la risa, aun histérica o a destiempo, incluso en forma de mueca. Lástima que las terapias de grupo no sean lo mío, lo que nos íbamos a reír. Lo que os iba a hacer reír.

Que en breve empieza la Feria del Libro, ahí está a la vuelta de la esquina, y ando haciendo un saquillo de monedas para gastar sin remordimiento. Y una lista que aumenta y retoco como la loca compulsiva que parezco en los últimos tiempos. Y qué más dará si lo mejor serán -como siempre- el paseo, la mañana arrebatada y escondida de todos menos de él, las cervezas al sol y el pellizcar de caseta en caseta con las ganas de dos malcriados que caprichean entre libros. La sensación de homenaje, la travesura cumplida.




Que resulta que la vida da para mucho aunque no siempre sea para tanto.
Y qué, queridos míos, y qué.