lunes, 8 de julio de 2019

Verano


Unos días de descanso y cargo con todos los libros, un poco de ropa y me desplazo a un sitio más fresco y donde sin duda me trataran como a una reina. Mi hermana tiene esa costumbre, darme asilo y convertir mi existencia en el edén de la pequeña. Hace mucho que el tiempo igualó existencias borrando la diferencia de edad pero da igual, ambas disfrutamos con ese rol que la familia otorga al nacer y que nada, ninguna vivencia ni intento, podrá borrar.

El señor de los pájaros, J, está al otro lado del océano disfrutando de una pasión no compartida y de ésta forma yo recupero esa parte de mi vida que es la vida de un yo sin pareja y que a veces, sin que sirva para quitar el sentido de una  elegida con él, echo de menos a pesar del trajín que supone ocuparse de todo en singular y del mareo que provoca la falta de costumbre. Mis torpezas y despistes se hacen evidentes pero las contemplo y me río y se lo cuento a él por si fuera necesario, que no lo es. La importancia.

En este tiempo la gata Una murió. No murió, la sacrifiqué, mostrando una piedad y amor que no parece posible igualar con congéneres de nuestra especie y sí con nuestras mascotas. Me pierdo, aún,  en estos descabales humanos. En los últimos tiempos se ponía de frente al infinito mirando al horno, no sabemos la razón pero quién entiende las motivaciones de un ser moribundo y doliente. Aprendí a identificar su dolor físico por la expresión de su cara, la posición de su cuerpo. Quien pueda hablar de la inexpresividad de los gatos no ha vivido nunca con uno. La gata Una tenía 18 años y su vida mereció la pena más que la de que muchas personas.  Un hecho indecente e incomprensible si lo piensas detenidamente pero como tantas otras cosas no sé dónde colocarlo. Desde luego no en la añoranza que siento por ella.

De ahí debe venir la necesidad de leer a Fran de Waals en este momento, el etólogo holandés que tan buenos ratos me ha hecho pasar. Conocer e interpretar el comportamiento de los animales es descifrar el nuestro, pero no sólo eso, es situarnos y reducir la arrogancia y la presunción de una inteligencia que si soy sincera cada día me parece menos inteligente. Será la edad, el latiguillo al que achaco todo en los últimos tiempos. El último abrazo. Las emociones de los animales y lo que nos cuentan de nosotros, no me defrauda. Me lo paso pipa mientras reconozco rasgos, esos que me acercan a un primate y a otros animales, y por supuesto a mis pares humanos sin dejar de sorprenderme al situar registros, por ejemplo el de la sonrisa, y entender de dónde viene mi yo siempre sonriente . Menos halagüeño de lo que cabría esperar por mi parte y sin embargo sonrío, otra vez. Y al leer “la risa en grupo comunica solidaridad y unión, y en eso no se diferencia mucho del aullido colectivo de lo lobos” no puedo por menos que pensar en las reuniones familiares y nuestro extraño sentido del humor -como el de cualquier otra familia, el propio- y reconocer nuestro aullidos.

Este mes de junio se cumplieron 14 años de la muerte de M y 11 de la de S. Escribo cifras pero no puedo entender su significado ni alcance.

De nuevo el verano y sus ritmos. Mi desconcierto y los días largos.


Imagen de Tim Walker


viernes, 3 de mayo de 2019

Si se te aparece la literatura


“Y al final del paseo reconozco tres señales de que el día ha sido bueno, si he  atrapado un momento de belleza, si he reído con alegría al menos una vez y si he podido decir: bueno, creo que tengo un borrador, mañana lo paso a limpio.”
Marcos Ordoñez, Una cierta edad.

Y esa es la clave de los últimos tiempos, borradores, todo el tiempo en escribir borradores que irán pasando de un día a otro, de un papel al ordenador y de vuelta a otro papel, anotaciones en mis cuadernos que luego dejaré enmudecer porque no tendré tiempo de continuarlas y cuando las lea, retome, otro día, el hilo -la retahíla que diría mi madre, tú niña eres de retahílas-  se habrán roto o desmadejado, creando un tapiz diferente, inacabado, con puntadas desiguales, y ahora qué, cómo continuarlo si ya no sé lo que quería decir, o sí, pero no lo escucho igual, una versión diferente esta vez, un matiz, aquel adjetivo, un párrafo que parece correr arrollando el pensamiento quieto. No paremos, sigamos, pero a veces son ganas de amarrarlo todo, de definir. Cómo si fuera posible.

Y no era de esto de lo que quería hablar. Quería contar que el libro de Marcos Ordoñez, la reseña del propio autor, me lleva a Un ser de lejanías de Francisco Umbral. Que al leerlo me deshago en metáforas, en ese buen escribir que ya nadie practica, o sí, es posible,  pero que yo no consigo encontrar hoy en día, en la falta de servidumbres que crea el manejo del lenguaje y un pensamiento que dirigía sus pasos, sus letras, a uno menos acomodaticio y complaciente. Que me estalla esa libertad, ese vuelo entre los ojos y todo es un disfrute de palabras, esa y no otra, no son intercambiables -¿o qué creías?- de elegancia descatalogada y saber estar porque es la que encaja en el ritmo al leer y la belleza -ah, la belleza- de lo contado. Porque no basta con querer contar, hay que saber hacerlo y hacerlo con amor al lenguaje -sí, con amor a él- y destreza y eso es algo que a veces se nos olvida en estas idas y venidas actuales de inmediatez y palabras claves. Cómo si existieran, si pudieran existir. Qué necedad.

Y de como al querer comprar su libro, el de Marcos Ordoñez, acabé además con el de Herido  leve de Eloy Tizón en la saca. Porque habla de ese amor a la lectura, a la buena lectura, y lo hace con el fuego y la fiebre que considero necesarios para llegar a degustarlos. Y eso que él, como cuentista para mí-y ya lo siento- ni fu ni fa.
“Leer como un caníbal o un poseso, como un soldado la víspera de la batalla, atravesando el salvajismo de la prosa hasta llegar al cuerpo, tu cuerpo, a mi cuerpo,  a todos los cuerpos del mundo.”

 Pero ese será otro borrador que tal vez acabe siendo repecho. O tal vez no. Y el de Ordoñez, junto a mi inclinacion hacia los dietarios donde dejar huellas y arrebatos diarios.



Imagen de Teju Cole

martes, 26 de marzo de 2019

Mirar siempre mirar


(...) la mayoría de la gente parece hipnotizada. Agarran las palabras que están en el aire y las usan como si fueran plumeros con los que, en lugar de quitar el polvo, matan el silencio, tan importante para poder reflexionar, para no hacer daño, y lo llenan de porquería, el aire, de basura en suspensión. El polvo, las palabras, después de jugar un rato a la luz del sol, no tardan en volver a caer y lo hace sobre ti, sobre todos aquellos que te rodean (...) la falta de piedad y de tacto del que habla de esa forma, la estupidez del que abre la boca sin pararse a razonar, sin elegir cuidadosamente las palabras, día, tras día y que sin nadie a su alrededor se asombre. Debes escoger las palabras con las que alimentarte tú mismo, con las que das de comer a los demás.
Berta Vias Mahou. Los Pozos de la Nieve.

Me encuentro con estas palabras de Berta Vias en uno de mis cuadernos. Me gusta repasarlos de vez en cuando, jugar a mover por ellos el dedo índice por encima de las líneas musitando en voz baja la lectura para fijar mejor las palabras. El aprendizaje de las primeros textos infantiles que contemplo ahora en L, cinco años, y la sorpresa de que las palabras vayan tomando conciencia en el cerebro a medida que su boca las pronuncia. Puedo ver esa llave en él, de verdad la veo, la fascinación del prodigio que dentro de un tiempo, por repetición y costumbre, dejará de ser tal. Me apena esa pérdida.

Estas palabras de Berta Vias me llevan al último libro que leí de ella, Una vida prestada, la recreación de la existencia de una fotógrafa misteriosa, Vivian Maier. Tal vez me interese eso, la recreación más que la forma en la que la escritora recrea. Disfruté el libro aunque he de reconocer que a veces le faltara un poco de pulso, de tensión narrativa. Pero la historia de Vivian Maier como artista anónima me arrastra, la representación de esos artistas que mueren sin que su genialidad tenga importancia ni siquiera para ellos mismos, de una sensibilidad que no es la adecuada al tiempo que les toca vivir ni lo pretendan. No sé qué parte de que Vivian sea una mujer que no trata de venderse a sí misma influya en su historia o la pulsión que la empuja a fotografiar niños, su entorno y los seres desvalidos que la rodean, que a poco que te fijes en ellos son tantos y siempre los mismos. Cómo saber de alguien cuyo legado son cientos de fotografías pero nada más. Qué quería contarse, qué quería contarnos.

Y yo aquí, como siempre, con mi propia pulsión a cuestas. La misma desde aquellos primeros textos de mi infancia. Esa llave y un cuéntame más, por favor.